Un artículo publicado el martes 25 de agosto de 2026 por la American Society of Plastic Surgeons aborda el papel de los cirujanos plásticos en la reconstrucción de los defectos producidos tras la extirpación de un cáncer de piel, especialmente cuando afecta a la nariz, los párpados, las orejas, los labios, la línea del cabello u otras áreas visibles.
El cáncer cutáneo puede detectarse mediante la observación de la piel y las revisiones dermatológicas periódicas. En función del tipo, el tamaño y la localización de la lesión, el dermatólogo puede realizar la extirpación o derivar al paciente a otros especialistas. Los cirujanos de Mohs, que pueden ser dermatólogos o cirujanos plásticos, emplean una técnica destinada a eliminar algunos de los cánceres cutáneos más agresivos, como el melanoma, conservando la mayor cantidad posible de tejido sano. También pueden intervenir cirujanos oncólogos.
La cirugía plástica reconstructiva puede participar en la extirpación de melanomas y de cánceres cutáneos no melanomas situados en zonas prominentes o difíciles de abordar, como la nariz, los párpados, las orejas, los pies y los tobillos. Entre los cánceres no melanomas se encuentra el carcinoma basocelular, que suele no extenderse a otras partes del organismo. En el caso del melanoma, la detección y la extirpación tempranas son especialmente relevantes porque puede metastatizar a otros órganos.
Según Andrew Chen, MD, citado en el artículo, uno de los objetivos de los cirujanos plásticos es limitar la cantidad de tejido retirado y conseguir una cicatriz lo más pequeña posible. En determinados procedimientos, el cirujano puede trabajar junto a un patólogo en el quirófano. El análisis del tejido permite comprobar si todavía contiene células cancerosas y detener la resección cuando solo se está retirando tejido sano. La forma de suturar y la reducción de la tensión sobre la piel también influyen en el aspecto posterior de la cicatriz.
En ocasiones, un cirujano de Mohs elimina el cáncer y deja la reparación de la herida al cirujano plástico. Sara Dickie, MD, explica que el cierre puede realizarse mediante un colgajo u otras técnicas destinadas a situar las cicatrices en pliegues, sombras o puntos de transición entre las subunidades faciales. Para elegir la reconstrucción, se tienen en cuenta la anatomía del paciente y las características de su piel.
La nariz, los párpados y las orejas plantean dificultades específicas porque son zonas con poca laxitud cutánea. En la nariz, por ejemplo, la falta de piel sobrante limita la posibilidad de aproximar los bordes de la herida. Tras la extirpación, puede recurrirse a una reconstrucción con colgajo local, utilizando tejido próximo, o a un injerto procedente de una zona no contigua. Para la región nasal, Dickie menciona la piel de la frente cercana a la línea del cabello y la zona de la clavícula como posibles áreas con características de color y textura adecuadas. Los injertos de mayor tamaño también pueden obtenerse de detrás de la oreja, aunque su piel puede ser más clara y lisa.
La extirpación y la reconstrucción pueden realizarse el mismo día, aunque con frecuencia la reparación se programa unos días después, una vez confirmado que el cáncer se ha eliminado por completo y que no es necesaria una nueva resección. Cuando la lesión ha crecido durante un periodo prolongado, la reconstrucción puede ser más extensa y requerir cobertura de estructuras expuestas, como hueso, tendones o cartílago.
La evolución de la cicatriz depende del procedimiento. Tras retirar los puntos, puede presentar un tono rosado y estar elevada o firme durante varias semanas. El artículo señala que suele empezar a atenuarse y hacerse menos visible a partir de las cuatro o seis semanas, mientras que la maduración completa puede prolongarse aproximadamente seis meses. Los colgajos pueden permanecer visibles e inflamados durante más tiempo y los injertos pueden mantener alteraciones de color durante alrededor de un año, aunque la duración es variable. Según el tipo de intervención, el tratamiento puede incluir láminas o geles de silicona y, en algunos casos, láser para reducir la decoloración.
El seguimiento forma parte del proceso reconstructivo. El equipo puede explicar las fases de cicatrización, las posibilidades y el calendario quirúrgico, además de coordinarse con el equipo de Dermatología para reducir desplazamientos y citas separadas. Sara Dickie indica que su práctica incluye revisiones de la cicatriz a las tres semanas y a los tres meses. Fuente: American Society of Plastic Surgeons.